Una de las situaciones más dolorosas, es la circunstancia de ser lastimado por una persona que amamos, que le hemos brindado la confianza, a quien le hemos dado la casa y las puertas abiertas.
En las escrituras, un acontecimiento doloroso, es la traición de Judas a Jesús; para ser honrados con este momento debemos decir, que el punto de partida de ese hombre, era como el de todos los apóstoles, un punto inicial de bondad, de justicia, es decir, un inicio positivo.
Pero su opción fundamental, se desvió del camino, perdió poco a poco las esperanzas, de dejarse guiar por el Maestro y sucumbió a la ambición del dinero, del poseer y anticipar la felicidad, delante de la posible frustración, que se avecinaba en el hombre en quien siempre había confiado. El pecado, es también el deseo de alcanzar algo, con la fuerza, con la violencia o con la injusticia, algo que se pretende obtener por caminos injustos, lo que acarrea un dolor, en quien es lastimado, vulnerado o humillado.
Sentirse traicionado, por quien le hemos brindado la confianza, lastima en lo más profundo de nuestra humanidad.
No obstante, Jesús, el Maestro sigue abriendo las puertas de su Misericordia, a quien le ha traicionado, y por amor sigue hablando al corazón de cada creyente, para que vuelva a la verdad de su existencia. Una nueva oportunidad. El amor es también perdón. Nuestro país, anhela rostros de perdón, de comprensión del otro, del que se ha equivocado, del que ha recorrido caminos injustos, pero que el dolor se ha encargado de cumplir un papel purificador, cumpliendo con su rol de educador de la vida humana.
El Evangelio, también nos educa en la actitud de los que se equivocan y en la perversidad, de juzgar mal a los más frágiles, incluso destruyendo su propia bondad original.
(Pbro. Jesús Hernando Camacho Mosquera).