miércoles, 25 de mayo de 2016

VERTE VIVIR (Un cuento vivencial) Pbro. Jesús Hernando Camacho Mosquera



Un atardecer claro, despejaba en el soleado pueblo. Donde una historia comenzaría a tomar lugar entre las calles y las vidas de una familia humilde de aquél solitario caserío. Un hombre empeñado en la felicidad, luchando continuamente con todos los intentos , por un deseo de plenitud, que a ratos parecía esquiva a su historia personal.



   Su única ambición era alcanzar lo que todo hombre busca...ser feliz. Una doncella se paseaba en las tranquilas calles de su pueblo. Su cabellera larga, su astucia y su gracia al caminar, sus ojos vivos, su encanto al correr entre los rincones de la pobreza del lugar, la hacían lucir cada vez más bella y graciosa, como un tesoro anhelado.









   El hombre buscador de la felicidad se fijó en ella; clavó su mirada y su sonrisa en la joven. Pero ella con una angelical picardía se alejaba, mientras observaba el caballo del jinete recorrer con elegancia, las calles de la tranquila comunidad. Era su único espectáculo llamativo y placentero que podría una quinceañera disfrutar en el "tranquilo" pueblo.
   Arturo, quiso seguirla por el pueblo, con la intención de descubrir su lugar habitado, pero se sintió mal, al verse juzgado por las miradas de la multitud en persecución, donde se veía un hombre adulto a la "caza", animalesca de una hermosa pequeña doncella. Con discreción y a distancia  la persiguió como quien "no quiere la cosa" exteriormente, pero que por dentro revienta  del deseo de adquirir lo que se presenta a los ojos.



   Una humilde casa, con puertas raídas, medio caídas, mal pintada junto a un montón de tierra seca y rodeada, por una humilde cerca, era el lugar del tesoro...la casa de la hermosa doncella. Casi todo el camino, estaba ubicado, señalado para rodearlo con su deseo y para obtener lo más preciado a su felicidad.
    La cercanía al padre de la preciosa, era la siguiente estrategia de acercamiento, para lograr la conquista de aquella hermosa mujercita , hábil para la vida. Para sorpresa suya, el padre de la chica era un jinete como él, pero borrachín, parrandero, coqueto y un poco violento en las relaciones.

   El padre, rodeado de la gente del pueblo de no muy buena reputación, aquellos que construían las dificultades de ésa masa de hombres trabajadores;  los conflictos sociales del lugar; las rencillas, las peleas...las sospechas de quienes creaban caos y disturbios .
   El camino de conquista de la bella  damita  se hacía difícil, poco a poco se acercó a sus hermanos mayores y a través de ellos, al padre de la doncella. Le habló al padre, de su trabajo con el ganado, de las posibles inversiones, aun cuando en realidad era un simple obrero que cuidaba el ganado de un rico hacendado del lugar, los animales que poco a poco iban creciendo y aumentando el dinero del acaudalado propietario.
   Rápidamente, con invitaciones a las fiestas y farras del lugar, con sus hermanos mayores y con el padre de la doncella, fue entrando poco a poco en la confianza de la casa. Llevando algunos obsequios a la señora madre de la casa, rodeando de presentes a la familia... y tuvo una idea...! genial!. Regalar una bicicleta a la doncella.
   Maricela era el nombre de la preciosa, que jugueteaba con sus hermanos menores, se ocupaba
de ellos, como una madre de experiencia, cumplía con los deberes del estudio, como toda una dulce "maestra".



   Maricela, era la mujer indicada del lugar, para abrazar la felicidad. Planeó hacer el regalo a la jovencita, una hermosa bicicleta, que podría servir para llevar a sus hermanos menores a la escuela y para ella, poder desplazarse por las calles del pueblo... y por qué no?, de vez en cuando escaparse a hacer una visita al nuevo amigo de la casa. Todo estaba planeado, para conquistar la familia y de manera especial, para robar el corazón de la hermosa chiquilla.
    Atrás, en sus espaldas había quedado el recuerdo amargo de una gran frustración de su primer matrimonio. Arturo, anhelaba aún encontrar una mujer, que llenara su felicidad, que le diera posibilidad de seguir caminando por un sendero maravilloso, engendrando los hijos tan soñados y siguiendo el camino del calor familiar, la tranquilidad del corazón.
   Los años pasaron y la doncella, fue cediendo poco a poco, a las pretensiones astutas del gran señor, adulto frente a la inocencia y la candidez de la pequeña, que parecía a sus escasos años de edad, una hacendosa mujer. Ella se convirtió en su linda mujer, el tiempo pasaba y las perspectivas de felicidad tomaban su forma definitiva.
   El vientre de la pequeña, fue poco a poco creciendo y la madre sorprendida de la doncella, cedía día a día a las pretensiones del gran señor, para con su hija, hasta aceptar, que pudieran convivir como pareja. Un pequeño, nació y fue creciendo entre los dos. Julio era  su nombre, se fue educando y buscando la felicidad, en las travesuras de la infancia, hasta hacerse adolescente, colgado con frecuencia en los camiones que cruzaban las carreteras rumbo a su escuela.
   Cambiaron rápidamente de pueblo, cuidando las fincas de grandes hacendados, mientras, la familia crecía. En su primer matrimonio, había engendrado sólo hombres. Ahora, con la preciosa doncella, había engendrado un varón más.
   Pero siempre en su deseo de alcanzar la felicidad, soñaba con engendrar una pequeña mujercita, la cual anhelaba con todo el corazón, era su último deseo, para abrazar la plenitud de su existencia.
    Finalmente nació, lo que más soñaba, la pequeña Natividad, a quien con gran alegría recibió; su corazón, llegaba como a la cima de una montaña. Había recorrido las complicaciones de su existencia, buscando poco a poco, los caminos a veces tortuosos, trozos de felicidad que se habían ido dibujando con la búsqueda constante de su plenitud.
   Natividad, la pequeña se convirtió en la luz de sus ojos, de su mirada y Arturo tenía, siempre un deseo...verla crecer. Se extasiaba viéndola correr por los campos verdes del lugar, se alegraba en cada cumpleaños, por la felicidad tan anhelada, tenía en sus ojos, en sus proyectos el deseo fuerte y férreo de verla crecer como toda una hermosa dama.



    Los problemas de las ciudades aumentaban, la pobreza extrema, las dificultades sociales, la inseguridad en los pueblos y ciudades. En las noches protegía con gran cuidado el lugar habitado por su familia.
    Natividad, solía ir a practicar algo de deporte en las noches, cuya preocupación agitaba su corazón y su temor a perder el tesoro tan deseado. También aumentó, el deseo de verla en el entrenamiento cotidiano en las piscinas, en las competencias de patinaje, donde la hermosa muñeca, parecía una linda sirena en las piscinas y un avestruz en las pistas de patinaje. Desde lejos cuidaba la belleza tan soñada y anhelaba sólo una cosa: verla crecer.

    Pero un día, después de una práctica de entrenamiento en la ciudad, decidió llevar los instrumentos del deporte, caminando con su hijita, mientras su madre, realizaba algunas vueltas en el pueblo.

    El domingo era maravilloso, el sol rodeaba los sembrados y la pequeña se moría de cansancio, caminando con su padre. Uno de sus vecinos, que se acercaba a su casa en una pequeña moto, decidió invitar a la niña a montar en su vehículo, hasta acercarla a la casa de la familia de aquélla pequeña. Así lo hizo,  mientras  Arturo cargaba con los elementos del deporte, comprados con sacrificios de su trabajo y de sus esfuerzos cotidianos.

Uno de los trabajadores, parecía acercarse a saludarlo, pero no lo distinguía en la distancia del lugar, entre los matorrales; se disponía a saludarlo con su amabilidad de siempre, hasta que una mujer salió de repente, con un arma  de fuego en la mano y le dijo, ven sin decir nada, sin moverte o gritar, porque te mueres. Arturo, en su mente, dio gracias de que su hija no estuviera con él, en ése momento; todo pasó por un instante doblegado entre los matorrales, vio pasar a su mujer en una moto rumbo a su casa, sin poder gritar.

Un cuchillo muy pegado a su pecho, un arma muy junto a su cabeza, lo paralizaban ante la angustia de ver pasar de largo, a su amada doncella; su vida en un instante se hizo una película de altas velocidades que pasaba por su cabeza. Una impotencia le recorría las venas y la piel, parecían toneladas de carne, que pesaban en el cuerpo tierno de un bebé.

Sus bolsillos se vaciaron para satisfacción de los delincuentes; Arturo tenía sólo un deseo...seguir viviendo, para ver crecer a su hija; pero todo parecía llegar a su final. Doblegado violentamente por ésa extraña mujer y aquél hombre a quien nunca había visto, ahora cubierto en su rostro, por un pasamontañas y una mujer a rostro descubierto, que se mostraba violenta, con agallas incluso de arrancar  cualquier vida. Ella se mostraba más violenta que el hombre.

Pero pasando poco a poco el tiempo, decidieron incluso  arrancarle de su cuello, una hermosa cadena de oro, que estaba cargada de los más bellos recuerdos. Su pecho tembló, por la cercanía del cuchillo y sólo sintió un  deseo: vivir, para ver crecer a su hija Natividad.

Como una linda bendición, salieron los delincuentes por un lado, dejando amordazado aquél hombre, mientras una moto encendida y rápida, abandonaba la espesura del lugar, entre matorrales que servían como cómplices discretos de los delincuentes.

Rápidamente se desató y partió corriendo hacia su casa, para buscar su familia, su doncella, su hijo mayor y su pequeña. Los abrazó, como no queriendo arrancarlos del corazón, con el deseo de anclarlos en el alma para siempre. Era un abrazo interminable, con sabor a vida, como una especie de borrador, que quita toda amargura y todo dolor.

La vida a ratos no es lo que parece, ni tampoco los miedos traen consigo siempre la muerte. La vida es el misterio que nos permite afrontar cada mañana los retos de  nuestra historia.

Arturo, tomó al día siguiente su trabajo como de costumbre; uno tras otro día de fatiga, le marcaba el paso del tiempo en su piel, en su rostro y con insistencia, seguía pronunciando a su linda y hacendosa mujer, el deseo de ver crecer a su chiquilla y la angustia, por las enfermedades, que aumentaban su temor de no poder acompañar la historia de su pequeña, en sus logros, en sus triunfos tan deseados en la plenitud de sus vidas.

Una de las cosas más bellas, para Arturo, era ver a su niña  llevar a su pecho en cada uno de los desafíos, las medallas que con gran orgullo, su hija se colgaba  en su cuerpo, y con gran alegría, su padre la acompañaba con su estómago revuelto de angustia , en las reñidas competiciones. Pero siempre lograba satisfacciones bellas, en las aventuras de su admirada hijita.

Una mañana muy de madrugada, su esposa tuvo que acompañarlo en una moto, desde la oscuridad de la finca, para conducirlo a un hospital. Sus amigos , poco a poco lo acompañaron con sus visitas, su amigo sacerdote se acercó para consolarlo y llevarle el sacramento de la unción de los enfermos, que fortalece en cualquier enfermedad. Las cosas poco a poco se complicaban. Todo parecía tomar un nuevo sendero, definitivo y oscuro, ante la enfermedad de Arturo.

Se hizo necesario, instaurar una tutela para su atención, con respecto a los exámenes de salud que Arturo se debería practicar (realizar). Se fue agravando poco a poco, la soledad, se hacía su compañera ideal en el hospital, sus amigos iban y venían con frecuencia; su esposa fiel dormía junto a él, pasando noches de fatiga, horas donde postergaba el tomar sus alimentos, para no perder de vista a su esposo tan amado. Viajaba todos los días, con la angustia y el corazón entre las manos, con todos los imposibles a sus espaldas, desde las dificultades económicas, hasta el tiempo, las preocupaciones de sus hijos, la escuela, los alimentos de la casa etc.

Una noche, (Ante la imposibilidad del ingreso de su pequeña al hospital, por ser menor de edad) después de la "visita" de su hija con un video grabado , con el celular de una de sus tías, Arturo vio  por última vez , el rostro angustiado de su pequeña, que le enviaba saludos, besos y que le manifestaba, el deseo de verle pronto en casa, para  seguir compartiendo sus alegrías.

Arturo, después de ver el video, se alegró, tomó fuerzas y deseó levantarse , recuperarse para ir a abrazar a su pequeña tan amada, a quien siempre deseó ver crecer. Pero su voluntad férrea de campesino luchador, no pudo contra la muerte. Se extinguió perdiendo lentamente la fuerza de su cuerpo, su fortaleza para luchar contra las bestias del campo.

Arturo, fue sepultado, acompañado por una multitud de amigos y familiares, que se desplazaban en motos, como lo hizo  tantas veces, para visitar a sus amigos, mientras vivía; algunos carros, buses pequeños, que lo acompañaban como el gran triunfador de la vida y la existencia.

Un hermoso jardín, lo acogió, parecía el último trozo de naturaleza verde que le acompañaría , mientras su cuerpo se hacía cenizas de vuelta a la tierra , al suelo, que tantas veces trabajó con incesante fuerza y fortaleza.

Al final, todos marcharon a casa, todos se fueron lentamente dispersando, entre lágrimas y recuerdos graciosos de Arturo; y una soledad sepulcral, se hizo presente, viendo la frustración  de aquél hombre que murió con un grave deseo...ver crecer a su pequeña.

Dos días después,  de sepultado Arturo, su esposa recibió una llamada, de la E .P.S. que le decían, que ya podían llevar al señor Arturo, para el examen de rigor, que le habían solicitado los médicos y que gracias a una tutela, él (Arturo) la había ganado. Su esposa, que había tomado el teléfono, con un taco en su garganta, dijo: "Ya para qué?. Arturo no necesita el examen, hace  dos días lo sepultamos. Muchas gracias a ustedes...!

(Ésta es una historia verdadera, ocurrida en uno de los pueblos del Quindío, Colombia, América del Sur).




No hay comentarios:

Publicar un comentario